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Jesús sin edulcorante

  • Writer: Gerardo Australia
    Gerardo Australia
  • 23 hours ago
  • 6 min read

 Del Cristo de postal al barril de pólvora que cambió la historia

 

Mesías de exportación

Cuadro del rostro de Cristo que se vende en Liverpool por $1,500. ¡cómprelo aquí!
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Siempre ha sido un ejercicio de exorcismo cultural deshacerse de la clásica imagen del Jesucristo hippie-chic, del hípster ojiazul con melena de comercial de Head & Shoulders (vitaminado con hígado de abeja reina chiapaneca y esperma de manatí llorón), con una túnica impecable y vaporosa, flotando sobre los charcos de Galilea en cámara lenta.

Pero para eso está la historia como ciencia , para sacudirse el “panfleterío” a punta de soplamocos de realidad

De vez en cuando hace bien bajar a nuestros héroes divinos de sus pedestales fabricados. En el caso de Jesús porque quitando el edulcorante de su imagen y tradición, comprendemos que uno de los mayores movimientos en la historia de la humanidad no nació de dogmas abstractos ni de una filosofía naïve de un "chato buena onda", sino del grito radical de un trabajador oprimido contra la pobreza extrema, la asfixia fiscal y el terrorismo de un Estado podrido y decadente.

Sólo así, quitando luces y efectos especiales al show, reafirmamos que Jesús es la prueba fehaciente de que las grandes revoluciones estallan desde la desesperación y la marginación, no desde las alfombras de las cúpulas del poder.

 

Con el sudor de la piedra

Lejos del Jesús romántico de postal parroquiana, el Jesús histórico era un judío con la piel curtida por el sol inclemente de la zona del Levante, habitante de una región golpeada y devorada por la asfixiante burocracia romana.

Hacia el siglo I Nazaret no era un pequeño pueblo pintoresco con torres blancas y mercados de artesanías, sino un pueblucho de apenas 400 personas, con calles estrechas de tierra, sucio, maloliente e insalubre.

En ese ambiente creció y se formó el líder que no cayó del cielo para predicar naderías, sino alguien que, para sobrevivir, tuvo que canalizar su frustración, el hambre y el trauma de una clase social que estaba literalmente contra las cuerdas.


La creencia tradicional nos dice que Jesús era carpintero, como su padre. ¡Ah, que oficio tan noble y bonito!, el Pedro Infante de Judea lijando mesitas de noche para IKEA. Pero nada, Jesús jamás hubiera podido ser carpintero, sobre todo por una razón de mercado: en Galilea la madera era un artículo de súper lujo. Los árboles locales (olivos, higueras, sicomoros) eran valiosos por sus frutos y talarlos para hacer muebles habría sido un suicidio económico.

Según los Evangelios antiguos, el oficio de Jesús era el de tekton, palabra griega que significa artesano, cantero o peón de la construcción; albañil, pues. Esto cobra sentido porque el principal material de aquella zona es la piedra calcárea. Entonces, el trabajo típico de un trabajador consistía en cortar y apilar rocas, no serruchar troncos.

Otra realidad importante de tomar en cuenta es que como tekton Jesús estaba por debajo de la clase campesina. El campesino, aunque pobre, poseía un cachito de tierra para sus rábanos; el tekton solo tenía su fuerza física para ganar un denario al día tras sudar la gota gorda rompiendo piedra de sol a sol.

 

La dieta de la resignación y el Chismógrafo colectivo

Un denario se dividía en 16 ases (moneditas de cobre). Con 8 ases comprabas 6.5 kilos de trigo crudo que una familia debía moler a mano y hornear como pudiera. Si querías el pan ya hecho, el denario te alcanzaba para 10 panes de cebada, pero estos eran más duros que una infancia en Irán y ni “chopeados” en aguarrás aflojaban.

Un trabajador gastaba el 60% de su sueldo solo en comida básica. La carne pertenecía al mundo de la ciencia ficción y la dieta básica era pan, lentejas, aceite, cebollas y, con suerte, alguna sanguijuela del Mar de Galilea. Esta realidad hacía que cada decisión no fuera sobre el futuro, sino sobre cómo no morir de hambre antes de que el día terminara.


Por otro lado, en términos de convivencia, en la Galilea del siglo I no existía el concepto de privacidad. Se vivía en casas de patio compartido, estructuras de piedra y lodo donde tres o cuatro familias y el perico compartían una habitación oscura de 20 metros cuadrados. En ella dormían apretujados hasta 10 personas. El suelo era de tierra apisonada, el cual a menudo se cubría con paja, misma que venía con todo y circo de pulgas. No había ventanas de vidrio, solo huecos para que entrara el polvo, las moscas y el indispensable chisme.

Así que si Jesús quería soledad para elaborar sus parábolas, no había otra más que salir corriendo al cerro, porque en casa la inspiración nomás no se daba.

Posible casa de Jesús (link)
Posible casa de Jesús (link)

Este apiñadero de gente eliminaba el "yo" e imponía una psicología del "nosotros", donde tu valor no era la "autoestima" o la seguridad en ti mismo, sino el cómo te veía el grupo.

De esta manera, tu honor funcionaba como un "crédito social" o puntuación de Uber: si alguien te "quemaba" o "balconeaba" públicamente, perdías tu única red de seguridad y apoyo en una economía donde no existían bancos (cosa que le pasó a Jesús).

Bajo este sistema basado en el "qué dirán", la vergüenza no era un simple sentimiento, era una muerte civil que te excluía de la comunidad.

De ahí que el chisme lo fuera todo, pues actuaba como un sistema de vigilancia 24/7, convirtiendo cualquier "discución" en una lucha de supervivencia social. Así vemos que las acciones de Jesús contra los de su mismo bando no fueron solo lecciones morales, sino desafíos directos a ese código de conducta/juicio hipócrita, que determinaba quién comía y quién era expulsado.


El SAT de las Sandalias y su Marketing del Horror

Por si fuera poco, había que vérselas con el fisco romano, el cual hace ver a nuestro SAT como una ventanilla de quejas atendida por monjas franciscanas. Con este sistema, Jesús y sus vecinos estaban condenados a una pobreza permanente.

Y esto por partida doble, ya que Roma cobraba un Tributum Soli (impuesto sobre la tierra) y un Tributum Capitis (impuesto por persona), además de peajes por usar veredas y caminos y el derecho de los soldados a confiscar bienes cuando se les pegara la gana (angaria).


Si a esto sumamos el impuesto del Templo y los diezmos de la propia religión, el trabajador average perdía hasta el 60% de su ingreso. Para alguien que ya vivía al día, esto era como vivir sentado sin calzones en un hormiguero de hormiga “muela de sable”.


Para que nadie se quejara del SAT en sandalias, los romanos utilizaban una herramienta de marketing sofisticada y muy amena: la crucifixión.

La cruz no era un colgijo para el cuello, era una valla publicitaria estatal que no buscaba matar rápido, sino maximizar la humillación y el dolor para que todos recibieran el mensaje de “¡búsquenle ruido al chicharrón!”.

Un ejemplo de esto fue el que le tocó presenciar a Jesús siendo niño, hacia el siglo IV, cuando el general Varo mandó a crucificar a 2,000 judíos a lo largo de los caminos de Galilea. Imaginemos ir al trabajo temprano pasando junto a cientos de personas muriendo lentamente:

"El proceso iniciaba con una flagelación severa que provocaba gran pérdida de sangre. Luego, el condenado cargaba el travesaño (patibulum) hasta el sitio de ejecución, donde era fijado con clavos en muñecas o antebrazos, o con cuerdas, y elevado sobre el poste vertical (stipes). La muerte no era inmediata: ocurría tras horas o días por asfixia progresiva y choque hipovolémico, ya que el cuerpo colgante dificultaba respirar y obligaba a la víctima a incorporarse dolorosamente para poder exhalar, hasta colapsar” (Zias & Sekeles, 1985).

 

El Reino como el Botón de Reinicio

Sin el edulcorante, el Jesús histórico se presenta como un personaje aún más fascinante. un trabajador de a pie que conoció el hambre real y el agotamiento físico por un sueldo que apenas alcanzaba para mal comer. Por eso, en una Galilea donde nacías endeudado, la oferta de Jesús era harto tentadora, pues consistía en un "borrón y cuenta nueva". No se trataba de un consuelo para el más allá, sino de la erradicación anticipada de los pérfidos que vivían exprimiendo al semejante.

De este modo, para el hombre que apenas tenía lo suficiente para el tlacoyo de cebada, el Reino de los Cielos se presentaba como una buena inversión y un excelente proyecto al anunciar que el monopolio de la violencia y el desastre económico de los poderosos tenían los días contados. Por fin, los últimos en la fila del hambre serían, por una vez, los primeros en la lista de prioridades.

Como era de esperarse, Roma intentó silenciar al portador de este mensaje, un albañil que terminó conquistando al Imperio que quiso borrarlo.



 Lecturas recomendadas:





Daily life in the New Testament (2023) James W. Ermatinger (link)










Stone and Dung, Oil and Spit: Jewish Daily Life in the Time of Jesus (2011)

Jodie Magnees (link)











Crucifixion in the ancient world and the folly of the message of the cross (1977)

Martin Hengel (link)

 

 

5 Comments


Cyn
2 hours ago

Excelente descripción de Jesús quien se despojo de su divinidad y se hizo hombre semejante a nosotros, pasó las mismas condiciones, ese es nuestro Dios, uno real y verdadero, no uno que pinto lo bonito, sino lo incómodo.


2 CORINTIOS 8:9 RVR1960

[9] Porque ya conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que por amor a vosotros se hizo pobre, siendo rico, para que vosotros con su pobreza fueseis enriquecidos.

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Nike Prieto
5 hours ago

Felicidades, mi querido Gerry!


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Nike Prieto
5 hours ago

!Que vivan las Bestias!

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Salvador Segura Levy
7 hours ago

Fantástico artículo lleno de historia que ubica en la realidad del Jesús histórico. Felicidades nuevamente, gurú de las letras e historia.

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Checocuas
8 hours ago

Como siempre una extraordinaria escritura, gracias por compartir de una forma tan amena que deja con ganas de seguir devorando las palabras, abrazo grande.

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