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El Corazón

  • Writer: Gerardo Australia
    Gerardo Australia
  • Sep 2, 2025
  • 6 min read

Updated: Sep 3, 2025

Brevísima historia del culpable de tanto Bolero


Hace poco, el corazón y yo tuvimos “desacuerdos”. El pleito se puso sabroso.

Entre mentadas de madre y carajos, el condenado no solo me ganó, sino que me reportó con “Recursos Humanos”. Acto seguido: yo extendiendo la tarjeta en el hospital para ingresar a la siempre simpática sección de urgencias.

Diagnóstico: arritmia ventricular.

Así, con cara de zarigüeya estreñida me dejé empujar en silla de ruedas por una robusta enfermera con pescuezo de tackle defensivo de fútbol americano y tatuajes hasta las encías, a donde sería mi “suite” por los próximos diez malditos días.

Una arritmia ventricular ocurre cuando alguna de las dos cámaras inferiores del corazón decide bailar cha-cha-chá sin respetar el compás. En condiciones normales siguen un ritmo eléctrico preciso, casi militar, y con ello bombean sangre de forma eficiente. Pero a veces se rebelan: uno toca cumbia, el otro hip-hop, el caos se instala y si la descoordinación se agrava, el “solo de ventrículo” puede convertirse, literalmente, en tu nota final.

En México las afectaciones al corazón son la principal causa de muerte, con más de 200 personas falleciendo cada día por infarto (ver).

El marcador se ve así:

“Infarto”: 200

“Torta de tamal con chilaquíl, gorditas con todo, Maruchans, frituras y zepellin de cocacola”: 0

 


I

Es asombroso dimensionar que, 20 000 años antes de Cristo, alguien dibujó en una cueva del suroeste francés un mamut con un símbolo rojo justo donde hoy ubicaríamos el latido. No solo revela intuición anatómica, sino algo más inquietante: antes de la escritura, ya sabíamos dónde dolía.

Milenios después, los egipcios embalsamaron a sus muertos dejando el corazón intacto, porque en su orden cósmico de justicia, Osiris —dios de la fertilidad, la agricultura, la resurrección y el inframundo— lo pesaba en su mano, pues ahí se almacenaban las acciones y culpas del alma: un archivo moral que ningún muerto podía falsificar.

En la India védica (1500 a.C.), el corazón era el alma, el Yo, es decir, imaginaban un “mini-yo” consciente habitando en el pecho, como si fueras tu propio Tamagotchi místico. Mientras tanto, en la China de Confucio (siglo VI a.C.), se le tomaba como brújula moral: “Vayas a donde vayas, ve con todo tu corazón”. Tal vez porque solo el corazón —y no la razón— sabía hacia dónde ir cuando no había camino trazado.

En otros rumbos, los hebreos mencionan al corazón más de 700 veces en la Torá (lo que llamamos Viejo Testamento), pero el cerebro no aparece ni una sola vez. Esto revela no solo la biología emocional de las escrituras, sino también la vieja sospecha que el pensamiento siempre ha generado frente a la fe. Por eso los cristianos, herederos directos de esta tradición, imaginaron al corazón como la tabla donde Dios escribía. El apóstol Pablo, hacia el año 54 d.C., lo dijo con intensidad mística en su carta a los Corintios (3:2–3): “Dios ya no escribe en piedra, escribe en carne viva”. Claro… ¿quién le confiaría la voluntad divina a una masa gris y babosa de kilo y medio como el cerebro?

Estas corrientes no estaban tan equivocadas: si bien hoy sabemos que las emociones se generan en el sistema límbico del cerebro, el corazón amplifica físicamente lo que sentimos: se acelera con el miedo, se agita con la ira, se calma con el apapacho, se retuerce con la suegra. Esa conexión visceral, mediada por el sistema nervioso autónomo, hace que el corazón funcione como caja de resonancia emocional. Por eso seguimos sintiéndolo, literal y simbólicamente, como el centro de lo que somos.



II

Entonces llegaron los griegos con su manía de explicarlo todo. Platón vio al corazón como caldera emocional y Aristóteles lo nombró el “primer órgano del cuerpo”, centro de la inteligencia. Para él, el cerebro solo enfriaba el alma, como un ventilador torácico. Esta idea revela una seducción antigua: lo que late, piensa; lo que arde, guía. Así nació la desconfianza hacia el pensamiento frío y la adoración por la corazonada.


El médico del emperador Marco Aurelio, Galeno, se presentó con toga, escalpelo y una notable terquedad: afirmó que la sangre se producía en el hígado y no circulaba, sino que simplemente se movía, transformando al cuerpo en una especie de pecera con patas. Durante una demostración pública, cortó la voz de un cerdo para demostrar que el habla provenía del cerebro y no del corazón. Con esto, sin saberlo, inauguró el teatro anatómico, con un público impactado, incluido el cerdo, un espectáculo que siglos después se formalizaría en el Renacimiento. Las ideas del “hijo de Pérgamo” (no es albur, era su lugar de origen) se convirtieron en dogma durante más de mil años, principalmente porque sonaban elegantes y no incomodaban al poderoso clero.

En la Edad Media, el corazón dejó de ser órgano y volvió a ser reliquia. La ciencia era sospechosa, la disección pecado y el alma ya tenía domicilio fijo en el pecho. El Sagrado Corazón de Jesús, sangrante y espinado, lo decía todo: sufrir, sufrir y más sufrir.

Pero llegó el Renacimiento y con él la rebelión del bisturí. En el siglo XVI, Andreas Vesalio cortó cuerpos humanos y publicó lo que veía, no lo que Galeno decía. El corazón dejaba de ser símbolo: era tejido, válvula, músculo palpable. Por su parte, Leo da Vinci, ese cazador de saberes con déficit de humildad, lo midió, lo dibujó y entendió su arquitectura como quien estudia una catedral interna. No publicó nada, pero dejó claro que el corazón era una máquina bellísima… pero sin alma.

En ese cruce entre fe y ciencia, llegó el golpe final cuando en el siglo XVII, William Harvey desarmó al corazón con bisturí y razón y demostró que la sangre circulaba en un sistema cerrado, impulsada por una bomba rítmica y funcional. El corazón, por fin, perdía su halo divino convirtiéndose, para escándalo de muchos, en lo que era: una bomba con horario fijo.



III

El primero en medir la presión arterial, aunque no en humanos, fue Stephen Hales, en 1733. Lo hizo insertando un tubo de latón en la arteria de una yegua viva, conectado a un tubo de vidrio vertical. La sangre subió más de dos metros, lo que le permitió calcular la presión ejercida por el corazón. Lo curioso —no para la yegua, obvio— fue que Hales era un clérigo anglicano y el experimento lo hizo en el patio de la parroquia de Teddington, Inglaterra, donde era vicario: Nada como un buen té, sermones y drenar equinos entre misa y misa.

Casi un siglo después, los latidos retumbaron en el oído del médico francés René Laënnec, cuando inventó el estetoscopio (1816). Este artefacto nació de un momento de incomodidad: la práctica habitual era colocar la oreja directamente sobre el pecho del paciente, pero Laënnec se sentía reincómodo al hacerlo con “pacientas pechugonas”. Entonces recordó un principio acústico: los sonidos viajan bien a través de cuerpos sólidos, como los techos o pisos de madera. Así, enrolló una hoja de papel y la usó como tubo improvisado entre su oído y el pecho del paciente, escuchando los latidos mejor que nunca. Así diseñó el primer estetoscopio: un cilindro de madera de 25 cm.

Por su parte, Rudolf Virchow, médico alemán del siglo XIX, transformó la visión del corazón al demostrar que sus enfermedades eran procesos celulares, no castigos divinos ni dramas emocionales. Formuló la Tríada de Virchow, explicando que los coágulos que provocan infartos y embolias surgen por tres cosas: daño en la pared del vaso, alteración del flujo y una tendencia excesiva a coagular. Así, el corazón pasó de símbolo trágico a territorio clínico.

Para el siglo XX el corazón fue desarmado sin piedad y reconstruido con bisturí, electricidad y prótesis. En 1929, el berlinés Werner Forssmann se insertó un catéter por el brazo y lo condujo hasta su propio corazón para demostrar que era posible explorarlo sin cirugía abierta. Lo hizo a escondidas, con el brazo atado para que nadie lo detuviera. Fue despedido, claro. Irónicamente décadas después recibió el Premio Nobel de Medicina (1956), junto con André Cournand y Dickinson Richards, por sus investigaciones en cateterismo cardíaco.

Después llegaron los electrocardiogramas, marcapasos, cirugías a corazón abierto, trasplantes… y el corazón pasó a manos de ingenieros. Lo curioso es que, mientras eso sucedía en los quirófanos, el corazón seguía inspirando canciones, películas, campañas de donación y tazas de desayuno. Porque aunque hoy podemos reemplazarlo con una bomba artificial y mantener vivo un cuerpo sin alma, seguimos creyendo —con testarudez poética— que ahí dentro late algo más que sangre. Algo que no se mide… pero insiste.


 

Entonces

Pues nada, después de dos cateterismos —uno para destapar una arteria isquémica y otro para corregir una rebelión eléctrica— entendí que el corazón no era solo una metáfora poética maltratada por el bolero. Era un músculo real, defectuoso y testarudo, que pese a los baches me sigue bombeando alegría, culpa, tristeza, ironía y muchas ganas de seguir jodiendo al personal. Porque incluso parchado, el corazón insiste, y a veces, late con más lucidez después del susto.

Por lo mismo seguiré circulando —ad nauseamemojis de corazoncitos en todos los estilos, seguiré escuchando canciones sobre corazones rotos o valientes y seguiré mintiendo al prometer cosas “de corazón”.

 



Posdata de dato raro:

Aunque lo tratamos como el centro del drama humano, el corazón no puede sentir el tacto. No tiene terminaciones nerviosas para percibir dolor o contacto directo; es un músculo insensible. Lo que duele alrededor es el pericardio, no el corazón mismo.

 



Fuente y lectura imprescindible:

La curiosa historia del corazón, de Vicente M. Figueredo, ed. Ariel.


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8 Comments


Yorch
Sep 06, 2025

Como siempre, estimado Australia, del corazón le salen palabras, je je je.

Va un juete abrazo.

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Cyn
Sep 05, 2025

Gera! Gracias por compartirnos un pedacito de tu corazón (literalmente). Un honor leerte!

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Guest
Sep 04, 2025

Excelente lectura! Amena, con una gracia ligera y elegante, me hizo reir, pero también conocer la historia de lo que hoy conceptualizo como corazón... Muchas gracias gran escritor

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Guest
Sep 04, 2025

Te abrazo de corazón… tu vecina (Cecilia Góngora).

Posdata: lo comparto con mi cardiólogo,.

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Álvaro Mejer
Sep 04, 2025

Gracias, Gerardo, y felicidades por la recuperación. Abrazo.

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