El Tatuaje: ¿inversión estética, identidad o arrepentimiento a plazos?
- Gerardo Australia
- Dec 10, 2025
- 7 min read
Updated: Dec 11, 2025
…Y entonces un día te despiertas y la Barbie, ese manual no escrito de cómo “debería” ser una mujer según la cultura pop, ya viene tatuada.

¡Salchichas!… tres veces.
Los que ya cargamos algunos años hemos visto cómo el tatuaje ha pasado desde ser un emblema de identidades marginales (marineros, presos, pandilleros, rockeros, etc.), hasta ver llegar a la oficina a la tímida Vero de Recursos Humanos con una enorme telaraña tatuada en el cuello y la mandíbula.
Bueno, que cada quien haga de su cola tatuada un papalote. Al final, enfrascarnos en por qué la gente se tatúa —¿exhibicionismo, autoexpresión, rebeldía, pertenencia, aspiracional, simple aburrición?— termina en necedad.
Tal vez sea más interesante intentar responder a la pregunta: ¿qué nos dice del mundo actual que la piel sin marcas se perciba como un vacío que hay que llenar a fuerzas?
¡Échele historia, maistro!
Rayarnos la carrocería no es ninguna moda reciente, sino una constante antropológica que ha servido por miles de años para señalar o comunicar a qué grupo perteneces, marcar el paso de la infancia a la adultez, hacer visible tu estatus (guerrero, jefe, sacerdote, payacho), protegerse de algún espíritu jijodeutilla y hasta para intentar curar enfermedades:

-Ötzi, el “Hombre del Hielo” hallado en 1991 en los Alpes, murió hace unos 5,300 años y su cuerpo, preservado por el frío extremo portaba 61 tatuajes distribuidos estratégicamente en articulaciones y zonas donde sufría dolor crónico.
-Los egipcios por supuesto lo practicaron, si bien llama la atención que muchos de los tatuajes encontrados eran de mujeres.
-En Perú, la cultura Chancay (aproximadamente entre 1222 y 1282 d.C.) dejó momias con tatuajes de una complejidad artística excepcional.
-En México, el caso más antiguo es el de una momia encontrada en la Sierra Mixteca, en Oaxaca, que vivió durante el periodo Posclásico (entre 900 d.C. y 1521 d.C.) y presentaba tatuajes geométricos en ambos brazos.
-La Polinesia marca un caso aparte, porque representa una cultura donde el tatuaje alcanzó su máxima expresión simbólica en la antigüedad. La piel tatuada era lo que hacía al enata (hombre), lo que lo convertía en humano. Los polinesios no utilizaron la escritura, por lo que los motivos simbólicos del tatuaje servían para expresar identidad, personalidad, rango social y genealogía.

Estos ejemplos indican que el cuerpo se valoraba no como una propiedad privada, sino como un pizarrón comunitario cuya piel tenía derecho de autor, pensamiento que se reafirmó con el auge de las religiones “de libro” (judaísmo, cristianismo o el islam). El cuerpo no es tuyo… tú nomás lo administras: “No se hagan heridas en el cuerpo por causa de los muertos, ni tatuajes en la piel. Yo soy el Señor", dice en el Levítico (19:28), es decir: ¡deja de estar de mamalón y “no alteres la obra del Creador”!
Por su parte, el islam prohíbe los tatuajes permanentes y otras modificaciones corporales hechas principalmente por vanidad o embellecimiento, ya que esto refleja insatisfacción con lo que Dios creó (Corán 4:119). En esta lógica religiosa, la marca importante y verdadera no va en la piel, sino en el alma con prácticas como el bautismo, la circuncisión o la gracia que purifica o redime, sellos invisibles que también cambian el estatus del creyente.
Ahora bien, Europa tuvo un reencuentro tardío con el tatuaje. Aunque existe el mito de que los marineros europeos se tatuaron por primera vez con la tripulación del capitán James Cook en Tahití, en 1769, en realidad el tatuaje ya era común entre ellos. Lo cierto es que Cook sí llevó a las Europas la palabra Tatuaje, que procede del inglés “tattoo” y que a su vez proviene de la voz polinesia tátau o tato, con el sentido de “marcar” o “dibujar. De ahí pasó al francés tatouage para entrar en la Lengua de Dios, el castellano (¡ajúa!), como tatuaje.
A partir del siglo XIX se consolidó la idea del tatuaje como “marca de mala vida” y no de “gente bonita”, como uno. Sobre todo en la prensa se fue nutriendo y orquestando esta leyenda negra, convirtiendo los tatuajes en pruebas visibles de peligrosidad. Así, durante décadas, llevar el decorado en la piel era prácticamente confesar que estabas del "lado equivocado de la ley", la moral y, por supuesto, de las cenas familiares.

El cambio radical en la percepción del tatuaje vino en la segunda mitad del siglo pasado, cuando esta manera de invertir en el arrepentimiento futuro se afianzó como parte de la cultura. Así, tatuarse ya no fue cosa de “los malos”, sino de ejecutivos, profesores que citaban a Foucault, millennials y de las Veros de Recursos Humanos del mundo. Las razones van desde el "representa mi renacimiento espiritual tras mi maldito divorcio", hasta "me pareció cool con seis tequilas encima".
Por supuesto gran parte del tremendo auge del tatuaje se lo debemos a los medios de comunicación, que al mostrar celebridades tatuadas lo convierte en aspiracional: "Si Beckham y Post Malone tienen, ¿porqué yo no?”.
Psicología del rayadero
Según estudios (1) el rayadero en la piel funciona como un mecanismo para construir y afirmar la identidad en un mundo donde todo es momentáneo. Así, tatuándose un gatito en un cachete y dos lágrimas en el otro, uno comunica quién eres sin palabras. Esto supone que construye un testimonio visible de tu propia historia, mostrando valores y vínculos que no quieres olvidar (por más torcidos que estén).
Por otra parte, decidir grabarse la piel supuestamente devuelve el control sobre tu propio pellejo, algo fundamental cuando sientes que tu cuerpo ya no te pertenece. Es como una especie de reconstrucción emocional en carne viva, es decir, cambiar la narrativa de "esto me pasó" a "esto decidí yo".
También se argumenta que el tatuaje juega un doble rol paradójico: te permite sentirte único ("nadie más tiene este diseño") y a la vez parte de una tribu ("todos los tatuados nos entendemos"). Quienes lucen tatuajes visibles suelen percibirse como más extrovertidos y seguros (incluida Vero de Recursos Humanos), aunque esto venga con la fuerte factura de negociar prejuicios y críticas . En efecto, te puedes sentir la persona más auténtica del mundo, pero prepárate para que tu abuela te vea con desaprobación cada Navidad.
De esta manera, tatuarse es "objetivar lo subjetivo": hacer visible y permanente lo que de otro modo quedaría oculto, declarando que la propia identidad y experiencia merecen ser grabadas.

Cómo mirar el tatuaje
sin convertirte en amarguetas
Ni demonizar ni idealizar. Un juicio sano sobre el tatuaje requiere filtros que eviten tanto el sermón moralista como la ingenuidad comercial.
1.Contexto antes que dibujito
El mismo símbolo puede ser sagrado, decorativo u ofensivo, según dónde y en quién esté. La pregunta va para quien mira: ¿de dónde viene ese motivo, qué significó en su cultura y qué está diciendo ahora, instalado en un cuerpo urbano del siglo XXI?
2.Identidad vs. mercado
Siempre estará la mezcla entre autobiografía sincera y catálogo de tendencias. No hay que decidir si “es auténtico o puro marketing”, más bien reconocer que ese gesto íntimo viene empaquetado por una industria que vende “originalidad” en serie.
3.Dolor que transforma… ¿o performance?
¿El tatuaje realmente ayuda a procesar algo o solo es una versión Instagram de "lo que no me mata me hace más fuerte"?
4.Apropiación cultural
¿Ese diseño polinesio, celta o mexica viene con respeto o solo es tu versión de "ta’chido el dibujito tribal"? ¿Qué implica que símbolos milenarios terminen decorando el brazo de alguien que no sabe ni pronunciar "Polinesia"? No se trata de prohibir, sino de pensar tantito antes de convertir una cultura en wallpaper corporal.
5.Clase, género y religión
Quién puede tatuarse sin perder el trabajo, quién es leído como “sexy”, quién como “vulgar”, en qué contextos sigue siendo marca de pecado, rebeldía o lujo caro. Hablar sobre el tatuaje no va contra la tinta, sino contra la costumbre de no pensar lo que escribimos —y leemos— en la piel de los demás.
Como dijo la antropóloga Margo DeMello en su gran libro Bodies of Inscription (2000):
“Un juicio crítico sobre el tatuaje es, en realidad, un juicio sobre las desigualdades y fantasías de la sociedad que lo produce”.
No te hagas y contesta la pregunta del principio:
¿Qué nos dice del mundo actual que la piel sin marcas se perciba como un vacío que hay que llenar a fuerzas?:

Pues nada, que ya no basta con ser, ahora también hay que verse. El cuerpo dejó de ser territorio neutro y se convirtió en pantalla comercial obligatoria donde todo debe comunicar algo: quién eres, qué te duele, a qué tribu perteneces, qué tan auténtico/rebelde/profundo/creativo quieres parecer.
La piel "vacía" incomoda porque, en un mundo saturado de discursos identitarios, sería como tu perfil sin foto. Y el mercado se encarga de recordarte que eso, básicamente, es pecado mortal en este siglo.
También habla de un mundo donde la identidad es tan líquida que necesitamos clavarla en la carne para creer que existe. Si todo lo demás es editable, borrable y actualizable (tu foto de perfil, tu curriculum, tu orientación sexual en LinkedIn), la tinta promete lo contrario: permanencia. De esto surge esa urgencia por llenar la piel, como si dejarla lisa fuera admitir que no tienes historia que contar.
Posibles beneficios:
-Fortalecer tu identidad al hacer coincidir "quién eres" con lo que llevas en la piel, funcionando como marca biográfica que realmente significa algo.
-Muchos reportan mejora en autoestima, sensación de control corporal y alivio emocional, sobre todo en tatuajes terapéuticos: cubrir cicatrices, procesos oncológicos o cerrar duelos.
Riesgos y desventajas:
-Médicos: Infecciones, hepatitis B (si la higiene falla), alergias a pigmentos y problemas dermatológicos, además de que las tintas migran a ganglios linfáticos.
-Sociales/laborales: Los estigmas persisten. Tatuajes visibles afectan el "profesionalismo", la credibilidad o el salario en ciertos sectores (Vero de Recursos Humanos se está jugando su ascenso).
-Psicológicos: En algunos casos, tatuarse es la versión corporal de "compras compulsivas emocionales", vinculado a manejo inadecuado del dolor o ciertos cuadros de personalidad que te van a llevar a sentirte más jodido.

Al final de todo, tatuarse es el acto más humano posible:
Tomar una decisión irreversible mientras finges que sabes lo que estás haciendo.
1.- Castro, A. D., & Aragonés, J. I. (2016). El tatuaje y su relación con características personales y sociales. Psicumex, 6(2), 50-65. https://www.redalyc.org/pdf/6678/667871439004.pdf
Qué leer:

-Margo DeMello, Bodies of Inscription: A Cultural History of the Modern Tattoo Community (aquí)

-Sandra Martínez Rossi: La piel como superficie simbólica: proceso y transculturación en el arte contemporáneo (aquí)

-Pierre Bourdieu: La distinción: Criterio y bases sociales del gusto (aquí)






Me pareció muy interesante tu artículo, Gerardo. Me quedo con el menaje de Permanecia, de una imagen que no se borra y que permite enseñarle a los demás algo muy tuyo. Me tatué la concha de Santiago de Compostela, porque fue el Camino el que me ayudó a ver la vida de otra manera, a ser otra y quería que eso estuviera presente siempre al verme.
Magnifficient My friend
👍👍👍👏👏👏🙏🙏🙏
Muchas felicidades, nuevamente, querido Gerardo. Grandes verdades comunicadoas sencillamente y con profundidad simultáneas. Un fuere abrazo.
👏👏👏